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jueves, 19 de febrero de 2009

"ARBOL GENEALOGICO"

De la sombra a la luz del
“Árbol Genealógico”
Autora y Fotografía de: Petra Colmena (Astróloga).
De pequeña no me gustaba mi nombre, cuando alguien me preguntaba mi nombre me daba vergüenza responder, sentía que era injusto llamarse “Petra”, cuando mis amigas se llamaban; Mari Carmen, Mercedes, Pilar, Ana, etc. Ahora todo esto me parece ridículo, pero en la época de mi infancia y luego adolescencia le daba mucha importancia. . Nací un 29 de Diciembre y curiosamente mi onomástica es el 29 de Junio. Parece una casualidad. La vida está llena de coincidencias, casualidades, sincronicidades y situaciones extrañas hacen que una piense un poquito más en buscar el ¿por qué?
He tenido la suerte de poder realizar dos talleres con Daniel Dancourt, como algunos sabéis nos dejó el 11/1/2007. El primer taller que realicé con Daniel, en Junio del 2006 trataba sobre Nombres y Fechas y el otro, en diciembre también del 2006 trataba sobre la pareja. En dichos talleres tratamos de realizar nuestro propio árbol y sanear así aspectos de la herencia familiar. Después de realizar dichos talleres cambió radicalmente muchas cosas para mí, sobre todo mis sentimientos hacia mi familia, hacia personajes que yo nunca había conocido pero que, de alguna forma, si no hubieran existido ellos primero, yo tampoco estaría aquí, y, descubrí algunas respuestas que yo me había estado haciendo durante muchos años y que mi familia, mi propia familia también ignoraba. La verdad que buscaba era todo un misterio y a la vez daba pié a pensar en que iba a descubrir un gran “secreto familiar”, me sentía como San Pedro con las llaves en la mano abriendo la puerta que había estado cerrada tanto tiempo a mis antepasados, sobre todo femeninos.
Al realizar el primer taller, en Junio, tenía constancia de que tanto mi abuela paterna como mi bisabuela paterna se llamaban Petra, o sea, yo era la tercera, pero no estaba tranquila con lo que decía o lo que me había dicho mi madre durante mi infancia y mi adolescencia. Siempre repetía que me pusieron Petra en honor a la madre de mi padre que murió al poco de nacer yo, a la cual nunca conocí. De la parte de mi madre tenía y sabía todos los nombres de mis antepasados pero por la parte de mi padre habían “lagunas”. Esos presentimientos que tienes y que no sabes a quien preguntar, a quien recurrir, habían estado casi siempre irrumpiendo e interrumpiendo a épocas de mi vida donde no encontraba dichas respuestas.
Ese mismo año en agosto del 2006 me fui al pueblecito donde había muerto mi abuela materna “Cañizares” (Cuenca). Allí encontré primos que hacía más de treinta años que no había visto, incluso pude observar como yo tenía gran parecido con una prima mía. Dicho pueblecito es tan pequeño que todos los habitantes tienen sus propias llaves para entrar en la Iglesia y en el Cementerio cuando les venían ganas de rezar o de visitar a sus parientes, algo curioso que nunca había podido imaginar por Ej. En una ciudad como Barcelona, Madrid, tener tu propia llave para ir a la Iglesia o al Cementerio. Yo no salía de mi asombro. Era pues, de visita obligada ir al cementerio para rezar en la tumba de mi abuela Petra (la madre de mi padre) a quién yo debía mi nombre. Nos dirigimos (tíos y primos) camino del Cementerio de Cañizares por un camino de difícil acceso, de piedras y sin asfaltar, lo que suele llamarse un “camino de carros” , ya en la puerta, con una gran llave abrimos la enorme verja de hierro que separaba a los mortales (nosotros) de los que descansaban en paz. Una vez allí dentro bajo el tórrido sol de un mediodía de agosto, donde los cipreses parecían señalar los caminos acunando a los que allí estaban, o, los que quedaban bajo sus raíces. Con un leve suspiro como pidiendo permiso y bajando la voz casi con mudez dije “Ya estoy aquí, abuela”. Mi abuela Petra no tenía ni estaba en ningún panteón, ni siquiera tenía una lápida de mármol, simplemente estaba debajo de la tierra, sin más. Los que estábamos allí nos callamos, todos teníamos que decir muchas cosas, pero en silencio.
Tengo que añadir que antes de ir a visitar a mis parientes y la tumba de mi abuela me cambié el nombre por “Yasmín”. Fue un arrebato, solamente mantuve este nombre tres meses, porque posteriormente ocurrió…. un “milagro”, el cual detallo a continuación. Luego entendí tanto mi rechazo del nombre en época temprana, adolescencia, juventud y algo en la madurez.
El día que pasé en Cañizares con mis primos recordamos con añoranzas los años pasados y nuestras vidas actuales tan diferentes unas de otras. Repasamos en los recuerdos que guardan las fotos que yo nunca tuve ocasión de ver, (algunas en color, otras en blanco y negro), porque con la familia de mi padre, los años, la historia y los traslados nos alejaron los unos de los otros. También nos separaron los sentimientos de orgullo, herencias y rencillas propias entre algunos familiares.
Al despedirnos pedí a mi prima que me mandara la partida de defunción…. Por si acaso ponía la fecha del nacimiento de m i abuela y así podría hacerle su carta astral.
Pasó un mes desde entonces, cuando recibí una copia donde, asombrosamente, tras leer dicha “Acta de Defunción” dice:……falleció …… y donde pone: es hija de Dña. Isidora…….Me quedé muda, mi bisabuela no se llamaba Petra, se llamaba Isidora. Nadie lo sabía, a nadie parecía interesarle su nombre (ni los primos que estaban en ese momento viviendo en dicho pueblo). Mi padre nunca supo en vida que su abuela se llamaba Isidora. Aunque en la partida de defunción de mi abuela Petra no figuraba su fecha de nacimiento, sí estaba la fecha que tenía al morir. Pude descubrir que cuando yo tenía esa misma edad tuve un gran disgusto, mejor dicho, la pérdida de mi padre. Era como un ciclo. Mi abuela muere y cuando yo tengo su misma edad en la cual ella fallece, mi padre, su hijo, también muere. Esto de repeticiones de muertes y de fechas es algo curioso y todavía hoy me mueve a buscar respuestas.
Daniel Dancourt explica en su libro “Luces y sombras del Árbol genealógico” sobre las muertes prematuras:”Hay muertes que podemos denominar como vidas truncadas, en las que no hay un cumplimiento del ciclo vital. Son muertes que ocurren en la plenitud de la vida y, generalmente tienen su origen en lealtades ciegas a otras personas del árbol que murieron muchas veces en iguales circunstancias y, a veces, hasta a la misma edad. Devienen de lutos no resueltos, hechos graves que acontecieron en generaciones anteriores”.
Relativamente mi abuela murió joven. ¿Qué es lo que querían transmitirme, o, enseñarme mis ancestros , o, mejor dicho, Qué me estaba indicando esa fecha, o, la referente a la coincidencia en las fechas de las muertes, tanto de mi abuela como de mi padre?, ¿Tal vez era una simpleza lo del nombre?. Tal vez mi padre en vida sospechaba la disconformidad que yo sentía con respecto al nombre que tanto él como mi madre me pusieron, “Petra”. Mi padre adoraba a su madre y supongo que no le debería sentar nada bien el que no me gustara llamarme como su madre. Tuve que ir hasta la tumba de su madre “mi abuela” para reconocer las muchas virtudes que tenía.
Me dijeron, por lo que en el pueblo se comenta que fue muy querida por todos, pues era enfermera, por decir que era la única enfermera en todo el pueblo por aquel entonces, y, me consta que además tenía alguna virtud o algún don natural; sabía de remedios con hierbas y plantas medicinales, sabía escuchar a los que sufrían, también sabía tocar el piano. Supongo que sus manos y sus dedos, lo mismo servían para vendar y limpiar las heridas como alegrar y calmar con la música a las personas que lo necesitaban. Con todo esto recuperé mi nombre, Petra.
Tengo un gran respeto por los nombres, por las palabras y por las casualidades y por las coincidencias que no son tales. Siento una enorme gratitud y un gran amor y veneración a esta Señora, mi abuela, que dejó la gran ciudad para ir a curar a personas que en aquel entonces estaban muy alejadas de las grandes ciudades y de las oportunidades, de tener cerca un hospital, un médico o un centro de asistencia.
“El alma no es de hoy, su antigüedad es de millones de años. Pero la conciencia individual es un árbol de hojas y frutos temporales que brota de una raíz perenne; y se ajusta mejor a la verdad si se toma en consideración también la existencia de la raíz, pues el tejido de la raíz es la madre de la totalidad”.
C.G. Jung, “Símbolos de Transformación”

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